Ella es Marcela Tovar, la cineasta mexicana que conquistó Nueva York

Alejandra Jiménez 21 julio, 2026

Una conversación con la joven mexicana revela que detrás de su llegada a uno de los sets más importantes del cine internacional hubo pasión, preparación y la convicción de que nunca es tarde para empezar de nuevo

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En el verano de 2026, millones de mexicanos se reunieron frente a una pantalla para seguir a la Selección Mexicana en el Mundial. Durante noventa minutos celebraron cada gol, contuvieron la respiración con cada jugada y soñaron con ver al país hacer historia. Fue un orgullo colectivo que viajó desde las canchas hacia cada rincón del mundo.

Pero mientras el balón rueda, existen otros mexicanos que también representan al país, aunque lo hagan lejos de las canchas. También ellos conocen la presión de competir en escenarios internacionales y demostrar que el talento mexicano puede abrirse paso entre los mejores.

Una de esas historias es la de Marcela Tovar, una joven que decidió cambiar la estabilidad por la incertidumbre, dejar atrás la profesión para la que había estudiado durante años y comenzar de nuevo en una ciudad donde nadie sabía quién era.

Hoy construye su carrera en la industria cinematográfica de Nueva York, colaboró en una producción dirigida por el reconocido cineasta Todd Haynes y desarrolla un documental sobre artistas mexicanos migrantes. Sin embargo, el momento más importante de su historia no ocurrió frente a una cámara: ocurrió cuando decidió escuchar esa voz interior que llevaba años diciéndole que todavía había otro camino por recorrer.

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De la UNAM a Torreón: la decisión que cambió su vida

La historia de Marcela Tovar no comenzó con una maleta rumbo a Estados Unidos.

Comenzó mucho antes, en la UNAM. Como miles de jóvenes mexicanos, ingresó a la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México convencida de que había elegido la profesión correcta. Durante años estudió, cumplió con sus responsabilidades académicas y construyó el proyecto de vida que parecía lógico para cualquier recién egresada.

La pandemia interrumpió ese camino. Como ocurrió con millones de personas, el confinamiento modificó prioridades, obligó a hacer pausas y abrió espacios para cuestionar decisiones que antes parecían inamovibles. Marcela también atravesó ese proceso y decidió hacer una pausa durante dos años. Sin embargo, lejos de abandonar sus estudios, terminó la carrera de Psicología y comenzó a ejercer su profesión.

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Era, en muchos sentidos, la vida que había planeado, pero no era la vida que imaginaba para su futuro.

Tiempo después se mudó a Torreón y fue ahí donde comenzó a cuestionarse si todavía estaba a tiempo de perseguir aquello que realmente la apasionaba.

Desde niña, el cine había ocupado un lugar especial en su vida. Su padre alimentó ese interés llevándola constantemente a las salas de cine, donde cada película despertaba una curiosidad que, con los años, nunca desapareció.

"Mi papá me enseñó que la vida no es solo vivir de lo que tienes que vivir; también hay que buscar algo que te apasione. Cuando vi que él se atrevió a seguir ese sueño después de los 50 años, entendí que yo también podía hacerlo."

Renunciar a la estabilidad implicaba dejar un empleo, alejarse nuevamente de su familia y comenzar desde cero en un país distinto, sin contactos dentro de la industria cinematográfica y con la incertidumbre que acompaña a cualquier proceso migratorio.

Pero también sabía que posponer el sueño significaba vivir preguntándose qué habría pasado si nunca lo intentaba.

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El salto a Nueva York

Marcela ingresó al Brooklyn College, una de las instituciones públicas con mayor prestigio en estudios cinematográficos de Nueva York. Gracias a la revalidación de materias pudo concluir la licenciatura en un periodo relativamente corto, pero eso no significó que el proceso fuera sencillo.

Cada clase representaba un nuevo reto.

No solo debía adaptarse a un sistema educativo diferente, sino demostrar que podía competir al mismo nivel que estudiantes provenientes de distintos países, muchos de ellos con experiencia previa en producciones audiovisuales.

En ese ambiente entendió que el talento, por sí solo, rara vez basta. Había que llegar antes que los demás, prepararse más, preguntar, escuchar y, sobre todo, construir una reputación basada en el trabajo diario.

Sin darse cuenta, alguien ya observaba la manera en que trabajaba.

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Los primeros obstáculos

Marcela descubrió muy pronto que perseguir un sueño también implica aceptar renuncias. La más evidente fue la familia. A esa nostalgia se sumó otro desafío menos visible: la incertidumbre migratoria.

Para miles de estudiantes internacionales, una visa no es solamente un permiso para permanecer en otro país. También determina las oportunidades laborales que pueden aceptar, los tiempos para regresar a casa e incluso la posibilidad de construir una carrera profesional sin interrupciones.

Cada trámite representa semanas de espera, documentación, entrevistas y decisiones que, muchas veces, escapan del control personal.

Marcela aprendió que el talento abre puertas, pero los procesos migratorios pueden cerrarlas de un momento a otro.

Lejos de desanimarla, esa realidad reforzó una idea que hoy guía su carrera: aprovechar cada oportunidad como si fuera única. Cada día de trabajo representó un paso más hacia el sueño que decidió perseguir cuando comprendió que nunca es tarde para empezar de nuevo.

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La llamada que parecía imposible

Las oportunidades llegan cuando nadie las espera.

En el caso de Marcela, todo comenzó dentro del salón de clases. Mientras cursaba la carrera en Brooklyn College, procuró involucrarse en la mayor cantidad posible de proyectos estudiantiles. No importaba si se trataba de producciones pequeñas o ejercicios académicos. Para ella, cada experiencia representaba una oportunidad para aprender cómo funciona una filmación profesional.

Una de sus profesoras comenzó a notar algo que iba más allá del desempeño académico: puntualidad, compromiso, capacidad para resolver problemas y disposición para colaborar con cualquier equipo, cualidades fundamentales dentro de una producción cinematográfica.

Un día, esa profesora la llamó.

Le preguntó si estaría interesada en participar en una producción profesional que comenzaría a rodarse en México.

Marcela no imaginó que detrás de aquella invitación se encontraba uno de los directores más importantes del cine contemporáneo: Todd Haynes.

La oportunidad era real y su nombre había llegado hasta ese proyecto gracias a la recomendación de alguien que había observado, durante meses, su forma de trabajar. No fue una casualidad.

Un set muy distinto al que imaginaba

Marcela asegura que los sets de filmación se parecen muy poco a la imagen que suele construir el público. No hay glamour, no hay tiempo para improvisar.

Decenas de personas caminaban de un lado a otro cargando equipo, revisando radios de comunicación, ajustando horarios y preparando cada detalle para que las cámaras comenzaran a grabar a la hora prevista.

Su puesto dentro del departamento de dirección implicaba una enorme responsabilidad. En una producción internacional, un retraso de pocos minutos puede modificar por completo la agenda del día.

Uno de esos días de rodaje apareció Pedro Pascal, el actor chileno convertido en una de las figuras más reconocidas del cine y la televisión internacional.

Al terminar aquella producción, Marcela comprendió que el verdadero logro no era haber coincidido con un director reconocido o con actores de fama internacional, lo verdaderamente importante era comprobar que sí pertenecía a ese lugar y que la distancia con su familia, los trámites migratorios y las dudas que alguna vez tuvo habían encontrado una respuesta.

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Contar la historia de quienes también dejaron su hogar

Si trabajar en una producción internacional representó un punto de inflexión en su carrera, el proyecto que hoy ocupa la mayor parte de los pensamientos de Marcela Tovar tiene un origen mucho más íntimo.

No nació en un salón de clases.

Surgió de las conversaciones con otros mexicanos que, igual que ella, dejaron su país para intentar construir una vida en Nueva York y, con ello, reafirmaron el deseo de demostrar que el talento mexicano puede abrirse camino lejos de casa.

"Descubrimos que no todos los migrantes llegan a Estados Unidos persiguiendo dinero. También hay quienes cruzan fronteras para perseguir un sueño artístico, y esa historia casi nunca se cuenta."

Fue entonces cuando comprendió que esas historias merecían ser contadas.

Así nació la idea de realizar un documental sobre artistas mexicanos migrantes.

"No quiero hacer una película sobre personas que simplemente viven en Nueva York", explica.

"Quiero hablar de todo lo que implica llegar hasta aquí: de las dudas, los sacrificios, la nostalgia y también de la esperanza."

En el fondo, ese documental también habla de ella.

Porque mientras sostiene la cámara para registrar la experiencia de otros migrantes, Marcela documenta, sin proponérselo, una parte de su propia vida.

Los proyectos que vienen

Mientras desarrolla el documental, Marcela Tovar continúa preparándose para participar en nuevas producciones cinematográficas tanto en Estados Unidos como en México.

Su objetivo inmediato es seguir aprendiendo dentro de la industria, colaborar con directores de distintas generaciones y fortalecer su experiencia en el departamento de dirección, un espacio desde el que ha descubierto la importancia del trabajo colectivo para llevar una historia a la pantalla.

Sin embargo, mira más allá de los créditos de una película.

Quiere escribir, dirigir y producir sus propios proyectos.

Le interesa construir un cine profundamente humano, capaz de conectar con quienes alguna vez se sintieron fuera de lugar o tuvieron que empezar de nuevo.

Entre sus referentes aparecen cineastas que han demostrado que las historias íntimas también pueden convertirse en relatos universales. Y, como muchos realizadores mexicanos de su generación, mantiene la ilusión de que algún día su camino pueda cruzarse con el de Guillermo del Toro, uno de los nombres que más han contribuido a colocar al cine mexicano en el panorama internacional.

Pero Marcela evita hablar de metas como si fueran una lista de objetivos por cumplir.

"Hay que tener mucho cuidado con a quién le cuentas tus sueños. Siempre habrá quien te diga que no puedes, pero eso no significa que tenga razón."

Prefiere pensar en el trabajo diario, en la preparación constante y en aprovechar cada oportunidad con la misma disciplina que la llevó a obtener aquella primera recomendación que cambiaría su carrera.

Porque, si algo ha aprendido, es que, en el cine como en la vida, el siguiente proyecto siempre comienza mucho antes del primer día de rodaje.

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