¿Por qué tiembla diferente en México, Colombia y Venezuela? Las razones que hay detrás

Metzli Escalante 10 agosto, 2026

México, Colombia y Venezuela: ¿qué hace que un terremoto sea más destructivo que otro? Las tres realidades frente a los sismos y la cultura de prevención

 ©Especial. - Terremotos en Colombia y Venezuela, y simulacro en México.

El terremoto de magnitud 7.4 que sacudió a Colombia el 10 de agosto de 2026 volvió a poner sobre la mesa una pregunta que también surgió tras los fuertes sismos registrados semanas atrás en Venezuela: ¿por qué un terremoto de magnitud similar puede provocar efectos tan diferentes entre un país y otro?

La respuesta está debajo de nuestros pies.

México, Colombia y Venezuela se encuentran en una región con una importante actividad sísmica, pero no comparten exactamente el mismo contexto tectónico. La profundidad del terremoto, el tipo de falla que lo origina, la distancia al epicentro, las características del suelo y la calidad de las construcciones pueden cambiar por completo la manera en que un movimiento se siente y los daños que provoca.

De acuerdo con una explicación de Gustavo Ortiz, doctor en Ciencias Geológicas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, citada por CNN en Español, los terremotos de Colombia y Venezuela tienen como punto en común que ocurrieron sobre la placa Sudamericana, pero su contexto geológico y geotectónico es diferente.

“Lo único en común entre estos dos catastróficos eventos es que ocurren sobre la placa Sudamericana, pero el contexto geológico y geotectónico es totalmente diferente”.

¿Qué provoca los terremotos en Colombia?

En el caso de Colombia, uno de los factores fundamentales es la interacción entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana.

La placa de Nazca, ubicada debajo del océano Pacífico, se introduce por debajo de la placa Sudamericana en un proceso conocido como subducción. Este fenómeno concentra una enorme cantidad de energía y convierte al occidente de Sudamérica en una de las regiones con mayor actividad sísmica del continente.

Pero existe otro elemento que ayuda a explicar por qué los efectos de un terremoto pueden ser distintos: la profundidad.

Según la explicación de Ortiz citada por CNN, mientras los sismos que afectaron a Venezuela tuvieron profundidades inferiores a los 20 kilómetros, el terremoto registrado en Colombia tuvo un origen situado a más de 100 kilómetros bajo la superficie.

La profundidad no es el único factor que determina los daños, pero sí puede modificar la forma en que las ondas sísmicas llegan a la superficie.

¿Qué pasó con los terremotos de Venezuela?

La situación venezolana fue distinta.

El periodista Carlos Velázquez explicó en A las Nueve en UNO que los terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 afectaron principalmente a zonas como Caracas y La Guaira, aunque estas ciudades no se encontraban en el epicentro.

Los movimientos provocaron daños en edificios e infraestructura y obligaron a desplegar equipos de rescate.

Uno de los problemas señalados durante la emergencia fue la respuesta de la población ante las alertas. Aunque existe un sistema de alertamiento, Velázquez explicó que parte de la ciudadanía no estaba suficientemente familiarizada con este tipo de fenómenos y algunas personas no reaccionaron oportunamente cuando recibieron las advertencias en sus teléfonos.

La emergencia volvió a poner sobre la mesa la importancia de fortalecer la cultura de prevención sísmica.

¿Por qué México vive los terremotos de otra manera?

México también se encuentra en una zona de alta actividad sísmica debido a la interacción de varias placas tectónicas.

Sin embargo, existe una diferencia que va más allá de la geología: la sociedad mexicana ha construido durante décadas una cultura de prevención alrededor de los terremotos.

La memoria del terremoto del 19 de septiembre de 1985 marcó un antes y un después. La tragedia impulsó cambios en las normas de construcción, fortaleció la organización ciudadana y transformó la manera en que las autoridades y la población se preparan ante una emergencia.

El terremoto de 2017 reforzó esa memoria colectiva y volvió a demostrar que la magnitud de un sismo no es el único elemento que determina sus consecuencias.

Como ha explicado Carlos Valdés González, investigador de la UNAM y exdirector del Servicio Sismológico Nacional, lo importante no es únicamente la magnitud de un terremoto, sino cómo ese movimiento se traduce en daños y pérdidas.

Por eso, en México la preparación se apoya en varios pilares: simulacros, alertamiento sísmico, educación, protocolos de evacuación, mapas de riesgo y planes de emergencia.

¿Cómo funciona la alerta sísmica en México?

En la Ciudad de México y otras zonas del país existen sistemas de alertamiento que pueden proporcionar segundos de ventaja antes de que lleguen las ondas sísmicas más intensas.

Ese tiempo no significa que sea posible predecir un terremoto. La alerta se activa después de que determinados sensores detectan un movimiento y permite advertir a la población que las ondas sísmicas podrían llegar en los siguientes segundos.

La recomendación ante una alerta es mantener la calma, no correr y seguir las instrucciones de Protección Civil, además de dirigirse a las zonas de menor riesgo previamente identificadas.

Por eso los simulacros tienen una función que va más allá de cumplir con un protocolo: buscan que las personas sepan qué hacer antes de enfrentarse a una emergencia real.

La cultura sísmica de México nació también de las tragedias

El terremoto de 1985 convirtió la protección civil en una parte mucho más visible de la vida cotidiana de millones de mexicanos.

Desde entonces, escuelas, empresas, oficinas públicas, cuerpos de emergencia y organizaciones civiles han incorporado ejercicios para aprender qué hacer antes, durante y después de un sismo.

También se fortalecieron los mapas de riesgo, los protocolos de evacuación, la preparación de mochilas de emergencia y los mecanismos de coordinación entre instituciones.

La respuesta del Estado incluye, además, instrumentos como el Plan DN-III-E, mediante el cual el Ejército participa en labores de auxilio y atención a la población afectada por desastres.

Pero la experiencia mexicana también tiene un componente ciudadano.

Durante los terremotos de 1985 y 2017, miles de personas participaron de manera espontánea en labores de búsqueda, rescate, acopio y distribución de víveres. Esa organización social se convirtió en uno de los elementos más recordados de ambas tragedias.

México tampoco está completamente preparado

La existencia de una cultura sísmica no significa que México esté libre de riesgos.

Los terremotos no pueden predecirse con precisión y existen diferencias importantes en la preparación entre municipios y entidades.

Entre los desafíos permanecen la actualización de mapas de riesgo, la capacitación del personal de emergencia, la revisión de protocolos y la necesidad de mantener las construcciones bajo estándares adecuados.

Además, el hecho de que la población esté acostumbrada a los sismos puede producir un efecto paradójico: la normalización de los movimientos pequeños puede llevar a algunas personas a subestimar un evento de mayor intensidad.

¿Y Colombia? Un país que también tiembla constantemente

Colombia registra una intensa actividad sísmica. El Servicio Geológico Colombiano (SGC) señala que el país registra miles de movimientos al año debido a su compleja configuración tectónica.

Una de las zonas más conocidas es el Nido Sísmico de Bucaramanga, donde se concentra una gran cantidad de sismos de baja magnitud.

Esa actividad constante ha generado cierta normalización de los temblores, aunque un terremoto de gran magnitud puede superar por completo la experiencia cotidiana de la población.

Colombia cuenta con normas técnicas de construcción sismorresistente y con instituciones encargadas de monitorear la actividad sísmica. Sin embargo, la preparación y la respuesta ciudadana pueden variar considerablemente entre regiones.

A diferencia de México, no existe un sistema nacional de alerta sísmica con una dinámica idéntica a la mexicana para toda la población, por lo que los mecanismos de respuesta dependen en buena medida de las instituciones, las ciudades y las condiciones locales.

Una diferencia clave: la construcción también salva vidas

Cuando ocurre un terremoto, la magnitud del movimiento es apenas una parte de la historia.

La profundidad, la distancia al epicentro, el tipo de suelo, la duración del movimiento y las características de las construcciones pueden determinar que un mismo terremoto produzca consecuencias muy diferentes.

Por eso, hablar de qué país está “más preparado” únicamente a partir del número de víctimas o edificios dañados puede resultar engañoso.

La ingeniería sísmica, el cumplimiento de los reglamentos de construcción y el mantenimiento de las estructuras son tan importantes como la capacidad de reacción de la población.

Colombia cuenta con reglamentaciones de construcción sismorresistente, mientras que México también ha endurecido sus normas de construcción después de terremotos devastadores.

México, Colombia y Venezuela: tres realidades frente a los terremotos

La comparación entre los tres países permite entender que no existe una sola explicación para los daños de un terremoto.

En Colombia, la interacción de placas y la profundidad del sismo son elementos fundamentales para entender el fenómeno ocurrido el 10 de agosto.

En Venezuela, los terremotos recientes mostraron la importancia de la profundidad, la cercanía de las zonas pobladas y la preparación de la población.

En México, la elevada actividad sísmica se combina con una cultura de prevención construida durante décadas a partir de tragedias como las de 1985 y 2017.

La gran diferencia, entonces, no está únicamente en las placas tectónicas.

También está en qué tan cerca está una ciudad del epicentro, cómo está construido un edificio, qué tipo de suelo existe debajo y qué sabe hacer la población cuando comienza a temblar.

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¿Por qué es importante conocer la historia de los terremotos?

La prevención también depende de conocer el pasado.

Especialistas y académicos han insistido en que recordar los grandes terremotos ayuda a reducir la vulnerabilidad de las sociedades.

En ese contexto, autoridades, investigadores y especialistas participaron en la muestra temporal Sismología: Aprender del temblor, presentada en el Museo UNAM Hoy, con tres ejes: “Conociendo los sismos”, “Historia sísmica de México” y “Prevención y resiliencia”.

La exposición busca contribuir a una sociedad mejor informada y con mayor capacidad de respuesta.

José Luis Macías Vázquez, director del Instituto de Geofísica de la UNAM, participó en la presentación junto con Arturo Iglesias Mendoza, jefe del Servicio Sismológico Nacional, y Gabriela de la Cruz Flores, directora del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación.

Durante la actividad, Vladimir Kostoglodov, jefe del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica, destacó la importancia de acercar la sismología a la población.

La idea detrás de estas iniciativas es sencilla: un terremoto no puede evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse.

El Valle de México también tiene sus propios sismos

Durante la charla inaugural ¿Por qué tiembla aquí? La sismicidad del Valle de México, el investigador Luis Quintanar Robles recordó que la capital del país tampoco es ajena a los movimientos sísmicos.

Durante años existió la idea de que en el Valle de México no temblaba o que los movimientos eran poco frecuentes. Sin embargo, esa percepción cambió con la instalación de una red sísmica dentro del Valle de México y su zona conurbada.

A partir de 1995, el Instituto de Geofísica de la UNAM comenzó a instalar una red para registrar los movimientos dentro de la región. Desde 2019, la información disponible permitió caracterizar con mayor precisión dónde ocurren los sismos dentro de la capital.

El dato es importante porque demuestra que la prevención no depende solamente de los grandes terremotos que llegan desde otras regiones del país.

El propio Valle de México tiene actividad sísmica que debe ser monitoreada.

¿Qué pueden aprender México, Colombia y Venezuela?

Las experiencias recientes dejan una lección común para los tres países: la prevención comienza mucho antes de que ocurra un terremoto.

Tener identificadas las zonas de menor riesgo, conocer las rutas de evacuación, preparar una mochila de emergencia, revisar las condiciones de una vivienda y participar en simulacros puede marcar una diferencia durante una emergencia.

También es fundamental que las autoridades mantengan actualizados sus mapas de riesgo, capaciten a los cuerpos de emergencia y garanticen la coordinación entre las instituciones.

La tecnología permite mejorar el monitoreo y hacer llegar información de manera rápida a las autoridades y a la población, pero ninguna herramienta sustituye la preparación.

Los terremotos no pueden evitarse ni predecirse con exactitud. Lo que sí puede hacerse es reducir la vulnerabilidad.

Y esa es, quizá, la diferencia más importante entre una sociedad que simplemente espera a que pase un terremoto y otra que se prepara para enfrentarlo.

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